Representación y Participación
15 mayo, 2026
Cynthia Briceño, periodista
Inicio > Representación y Participación > Elecciones 2026: el desafío democrático de recuperar la fe en el voto
Costa Rica llega a las elecciones del 2026 con su democracia en riesgo. No por un enemigo externo, sino por el creciente silencio de sus propios ciudadanos.
En la última elección presidencial, cuatro de cada diez costarricenses decidieron no votar. El abstencionismo alcanzó un 40%, el nivel más alto en 75 años. No es una cifra más: es una señal de alerta. Revela desconfianza, cansancio y una creciente percepción de que votar no cambia nada.
Hugo Picado León, magistrado suplente del Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) y director del IFED, lo resume con claridad: el sistema democrático costarricense no enfrenta una amenaza externa, sino un desafío interno, silencioso y acumulativo: el distanciamiento ciudadano de la política formal.
“El elector es la persona inscrita; el votante es el elector que efectivamente emite su voto”, explicó Picado. Esa diferencia, que parece técnica, revela el corazón del problema: la democracia solo existe si las personas participan activamente en ella.
Un país que votaba con fervor y hoy duda
Entre 1960 y 1994, Costa Rica vivió uno de los periodos de participación electoral más altos del mundo: ocho de cada diez ciudadanos acudían a las urnas sin necesidad de sanciones ni grandes campañas. Era una participación nacida de la convicción democrática.
A partir de 1998, esa tendencia se quebró. En una sola elección, el abstencionismo aumentó 10 puntos porcentuales y nunca volvió a bajar. No fue un cambio momentáneo, sino el inicio de una transformación profunda en la relación entre ciudadanía y sistema político.
El abstencionismo nunca es monocausal, señala Picado. “Son cientos de miles de personas que deciden no ir a votar, y cada una tiene su razón: desilusión, indiferencia, edad, problemas familiares, falta de traslado o incluso una decisión política consciente de no participar”.
Este retraimiento ciudadano ocurre en paralelo con otra tendencia: la pérdida de identidad partidaria. Hoy, cerca del 80% de las personas votantes no se identifica con ningún partido político. No es solo desalineamiento; es desarraigo. “Los partidos han dejado de ser organizaciones ideológicas con fuerte presencia en la vida cotidiana y se han convertido en maquinarias electorales que se activan únicamente en época de elecciones”, explicó el magistrado.
El resultado es una oferta política fragmentada. Costa Rica cuenta con 38 partidos inscritos a nivel nacional y 24 a nivel cantonal. Esta gran cantidad de opciones no ha fortalecido la representación, sino que ha diluido la claridad del voto. “Tanta fragmentación puede generar confusión en el electorado”, advirtió Picado.
Cada elección se enfrenta con más nombres en la papeleta, pero con menos convicción en las urnas. El votante ya no elige desde la identidad, sino desde la incertidumbre.
Voto bajo juego digital
La democracia costarricense ya no se juega únicamente en la plaza pública o en los medios tradicionales, sino en el terreno digital. Las redes sociales se han convertido en el principal espacio de debate político, pero también en el escenario de la desinformación.
“La desinformación no es simplemente información incorrecta. Es una mentira intencional, creada para manipular emociones y alterar la voluntad política”, afirmó Picado.
Hoy, la batalla electoral no es solo logística, es cognitiva. La verdad compite contra contenidos diseñados para generar impacto emocional. La línea entre opinión, rumor y manipulación se desvanece aceleradamente.
Frente a este escenario, el TSE impulsó el programa Ciudadanía Digital Responsable, un curso abierto que busca preparar a la población para identificar noticias falsas, proteger su información y comprender el peso de su participación digital.
El reto del 2026 va más allá de elegir un nuevo gobierno. Implica demostrar si la ciudadanía costarricense sigue comprometida con el pacto democrático que ha sostenido al país durante más de siete décadas.
La democracia no se pierde de un día para otro. Se debilita lentamente, cada vez que alguien decide no votar, no informarse o no participar.
“Participar es un derecho, pero también un acto de defensa democrática. Cada voto reafirma un compromiso con la libertad y con el futuro del país”, recordó el magistrado.
Costa Rica no enfrenta una crisis de candidatos, sino de participación. El riesgo más serio no es quién llegue al poder, sino cuántos decidan no elegir.
La democracia no se pierde con un golpe de Estado; se apaga cuando la ciudadanía deja de ejercerla. Y su defensa comienza con un acto tan simple como poderoso: votar.